San Petersburgo, una joya multicultural

El verano es la temporada ideal para visitar uno de los países más grandes y llenos de historia del planeta, gracias a su estatus de cuna de las artes. Sigue la huella de Pushkin y Dostoievski y entiende por qué San Petersburgo, Rusia, es meca de las culturas del mundo.

Muchos nombres, un mismo lugar

San Petersburgo fue fundada por el zar ruso Pedro El Grande en 1703, buscando defender su recién recuperado acceso al mar Báltico y convertir a la nueva capital de su imperio en una ventana hacia el mundo occidental y un canal marítimo de comunicación con el resto del planeta.

Petrogrado, como se le conocía a inicios del siglo XX, fue el epicentro de la Revolución Rusa de 1917, y un año después perdió el título de capital cuando ésta se trasladó a Moscú. En 1924, tras la muerte de Lenin, su nombre volvió a cambiar para honrar al revolucionario comunista, siendo conocida como Leningrado hasta la caída de la Unión Soviética, en la década de los 90’s, cuando volvió a utilizar su denominación original.

 Una joya de ciudad

Los zares fueron mecenas del arte y la cultura, así que desde sus inicios la ciudad atraía a músicos, escritores y pintores, no sólo nacionales sino de todo el mundo. Hoy, llegar a San Petersburgo es entrar en un cuadro de edificios, que son una colección ecléctica de los estilos clásico, neo clásico, Art Noveau y bizantino, entreverando rasgos occidentales, de Medio Oriente y Asia en una mezcla única.

Al llegar, lo primero que te sorprenderá será su sinfín de canales que conectan las distintas islas que forman la ciudad, rodeada por las aguas del río Neva y el Fotanka.

Comienza tu recorrido por el casco histórico, al que accederás a través de la avenida Nevsky Prospekt; el área es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1990, ¡y no te decepcionará! Sitúate donde todo empezó, en la Fortaleza de Pedro y Pablo (sobre la isla Zayachi); estarás justo sobre la tumba de los zares Romanov, incluyendo la de Nicolás II y su familia.

De catedrales y palacios

Si piensas en Rusia e imaginas edificios salidos de un cuento de hadas, la culpa es en parte de la Iglesia de San Salvador sobre la Sangre Derramada, uno de los monumentos más icónicos del país gracias a sus cinco cúpulas de estilo ruso ortodoxo; vale la pena contemplar su interior, una oda al mármol y los mosaicos monumentales. Muy cerca encontrarás el parque del Museo Estatal Ruso, dentro del Palacio Mijáilovski, que desde el siglo XIX se ha dedicado a mostrar al mundo una vasta colección de arte exclusivamente ruso.

Combina arquitectura y vistas panorámicas, pon pie en la Catedral de San Isaac, de estilo francés neoclásico y donde el atractivo principal (además del mármol, granito y piedras preciosas de sus paredes) es una enorme cúpula que la hace parecer todo menos una iglesia y le queda muy bien al museo que hoy aloja su interior; si eso no te quitó el aliento, la subida de su columnata de 262 escalones lo hará, ¡pero con su vista de 360o de la ciudad!

La Catedral de Kazán es una réplica de la Basílica de San Pedro en Roma, todavía está en funcionamiento y puedes asistir a una misa ortodoxa en el interior de lo que durante la época soviética fue el Museo del Ateísmo (y si abres bien los ojos, podrás contemplar varios agujeros de metralla del bloqueo de Leningrado).

Y si tu alma cultural busca todavía más, en el Museo Hermitage lo encontrarás; el museo más grande y antiguo del mundo alberga más de tres millones de piezas de arte dentro del Palacio Menshikov, el Museo de la Porcelana y el Edificio del Estado Mayor, y su Palacio de Invierno es muestra de la pomposidad con la que los antiguos zares pasaban sus vacaciones.

Una campiña dorada

Las afueras de la ciudad también se pintan de religiosidad cristiana; date una vuelta al Monasterio de Alejandro Nevski, donde la cúpula de la Catedral de la Santa Trinidad compite con el azul del cielo, o la Necrópolis de los Maestros de las Artes te invitará a rendirle homenaje a personajes de la talla de Tchaikovski, Dostoyevski y Rimsy-Korsakov, entre muchos otros.

Aventúrate unos 30 kilómetros y te toparás con el impresionante Palacio Peterhof, construido por Pedro el Grande ¡a lo grande!. En un solo lugar verás palacios, museos, jardines, aviarios, fuentes danzarinas y hasta muelles, si te atraen los lujos infinitos, ¡éste será tu lugar preferido!

Y si ya andas de pata de perro, visita Pushkin y adéntrate en el Palacio de Catalina, donde te espera una de las joyas más excéntricas del imperio ruso: una enorme cámara ¡hecha con más de ocho toneladas de ámbar! Eso sí, contemplarás una réplica (la original, hecha con seis toneladas del dorado material, se perdió durante la Segunda Guerra Mundial).

La experiencia completa

Cuando te encuentres en “Piter”, hay ciertas cosas que no puedes dejar de hacer, ¡toma nota!

1.- Pesca esturión en las lagunas del palacio de Peterhof, un hobbie un tanto caro, pero súper ruso.

2.- Disfruta de un ballet clásico en el hermoso teatro Mariinsky, lugar que sintió las zapatillas de Baryshnikov y Nureyev.

3.- Asiste a un show de cosacos en la sala de conciertos Smolninsky.

4.- Pasea por la avenida Nevsky, con cuadra tras cuadra de restaurantes, tiendas, galerías, museos y edificios barrocos.

5.- Pasa horas en la librería art Noveau de la Casa Singer.

6.- Visita el antiquísimo Bolshoy Gostiny Dvor, uno de los primeros centros comerciales techados del planeta.

7.- Prueba la sopa borsh (con betabel y carne molida) una jugosa ternera Stroganoff, y pyshki (donas rusas) o blinis rellenos de mermelada (o caviar, ¿por qué no?). Y brinda, pero no con vodka, ¡sino con kvas!; esta bebida fermentada de harina de centeno y malta es ideal para quitar el calor, la encuentras en restaurantes y puestos callejeros.

8.- Conoce la “Venecia del norte” desde las aguas del río Neva; contempla algunos de sus 342 puentes y, si lo haces de noche, observa cómo se elevan para dar paso a los barcos.

9.- ¡Usa el metro! Es el más profundo del mundo y su increíble decoración te hará sentir que tu tren sale de la sala de un palacio.

10.- Y no olvides disfrutar del “sol de medianoche”, ya que en verano oscurece después de la madrugada, ¡pero abrigado!

Tenis, cámara y toda la actitud listos, ¡porque en San Petersburgo las calles son para recorrerse y fotografiarlas!