Enclavado en la Sierra Norte de Puebla, se encuentra Cuetzalan, uno de esos lugares que parecen salidos de una postal: con calles empedradas, techos de teja roja, neblina que se cuela entre los árboles y un ambiente que huele a café recién tostado.
Este es un Pueblo Mágico, donde aún se escuchan lenguas indígenas y se baila el ritual de los Voladores, y es perfecto para una escapada donde el tiempo parece ir más despacio.
Un viaje a Cuetzalan será una experiencia cultural y sensorial, ideal para quienes buscan desconectar del ritmo de la ciudad y reconectar con la naturaleza, la tradición y la hospitalidad mexicana, así que ¡anda! Vamos a conocer Cuetzalan.

CULTURA, HISTORIA Y TRADICIONES VIVAS
Conocer pueblitos siempre es algo sumamente gratificante para los viajeros, ya que en cada uno encontramos un encanto especial que nos hace enamorarnos, y Cuetzalan no es diferente.
Por ello, es que tenemos que iniciar contándote que su nombre original fue Quetzalan: “lugar de abundancia de quetzales” o “manojo de plumas rojas con puntas azules sobre dos dientes”. Se dice, que fue fundada por los totonacas, sin embargo, en 1522 los conquistadores llegaron al poblado y, fue en 1547, cuando debido a su importancia lo llamaron San Francisco Cuetzalan.
Entre su población aún se encuentran indígenas totonacas y nahuas, quienes manifiestan su cultura a través de diversos rituales como el de los Voladores; una danza asociada a la fertilidad y denominada como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO desde 2009.
NATURALEZA VIVA Y MISTICISMO EN CADA RINCÓN
Cuetzalan está rodeado de una naturaleza exuberante. Hay cuevas, grutas, pozas y cascadas escondidas entre la vegetación que invitan a la aventura, como la impresionante Cascada Las Brisas o el Salto de Quetzalapa. También es tierra de cafetales, por lo que no falta la oportunidad de conocer una finca local y probar una taza del café más aromático de la región.
Uno de los símbolos más reconocibles que tienen, es la Parroquia de San Francisco de Asís, cuya torre gótica se alza imponente sobre el pueblo. Muy cerca está el Templo de los Jarritos, llamado así por las piezas de barro incrustadas en su fachada.
Además, los domingos se pone uno de los mercados indígenas más coloridos del país, donde los nahuas y totonacas llegan con trajes tradicionales a vender hierbas, textiles bordados, huipiles, café, vainilla y miel. Es una experiencia sensorial que conecta con las raíces más profundas de la región.

UN VIAJE ENTRE CULTURA Y SABOR
Algo más que destaca, es su comida, misma que llega a ser tan reconfortante como su gente. No te puedes ir sin probar sus acamayas, cecina ahumada, mole, pan, pipián, tamales de frijol; el exquíhitl y los tayoyos. También te recomendamos probar los postres, mismos que son a base de manzana, plátano, perón y tejocote. Y bebidas como vino de café, jobo, maracuyá, y yolixpa, o xoco atol.
Estamos convencidos de que será un viaje lleno de sabor, tradición, historia, naturaleza… ¡y mucho café!




